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Temas Bibliotecológicos
La lectura, la cultura y el hombre

Por Luis Jaime Cisneros *

Esta conmemoración entraña el solidario ensamblaje de las tres palabras que encabezan la reflexión de esta tarde: los libros, la cultura y el hombre. Cuando la universidad nos propone, en la hora inicial, los avatares de la lectura, nos está invitando realmente a una rigurosa alianza con el hombre, con el hombre de ayer y el de mañana.

Los libros nos hacen persona: leer es una antigua convocatoria para ser cada día más claros, cada día más combativos en el razonar y en el actuar. Y porque nuestro quehacer universitario tiene que ver con el libro nos reunimos ahora gentes de generaciones varias como un signo feliz de que la lectura es nuestra más adecuada y legítima carta de presentación. Venimos a festejar a nuestros compañeros de Bibliotecología porque somos lectores. Confieso que al terminar esta frase me recorre un escalofrío porque no sé si realmente estamos todos comprometidos en la afirmación. Y a mí me parece justo que se me permita por razones de mera cronología, evocar varios modos de lecturas a través de los que se ha ido organizando mi jubilosa trayectoria de lector. ¡Biografía! se dirá. Sí, y biografía barata. Claro es que la vida de un profesor está jalonada de lecturas. Con mayor razón la de un filólogo. Sin los libros, no podríamos reconstruir los filólogos la marcha de las ideas que han seducido y orientado a los hombres. Un libro es para nosotros un pedazo de historia: hombres de pensamiento y acción, de sentimientos y pasiones, esperan y se muestran ahí en la escritura. Los maestros nos enseñaron por eso a leer cómo está viva en esos hombres la sociedad entera.

Mi primeros recuerdos de lectura se confunden con las semanales jornadas dedicadas a escuchar las solemnes lecciones del Quijote en la sobremesa familiar. La voz de mi padre (que fue admirable lector) era de pronto la del hidalgo, de pronto la de Sancho, alguna vez la de la fingida Maritornes, muchas veces la de los cabreros y nunca consintió en ser, como le pedíamos, la del Caballero de los Espejos. Leer, lo que se dice leer, no leíamos sino que escuchábamos. Era, si se quiere, lectura "de oídas", pero iba generando en nosotros la gana de revivir lo leído por cuenta propia y desencadenaba entre la caterva de hermanos que éramos comentarios interminables que resultaban buen respaldo de la atención con que, a la semana siguiente, esperábamos los pasajes elegidos. En verdad mi padre no seguía las secuencias del libro sino que seleccionaba los pasajes, destinados a despertar en nosotros la gana de saborear luego por cuenta propia la lectura.

Mi primer contacto fue, como se ve, con una lectura voceada, estímulo feliz para que mis ojos descubrieran más tarde el halago y la fruición de la lectura en alta voz. La ejercité leyendo muchas de las copias del Buen Amor en momentos en que el natural arrebato adolescente pedía espacio suficiente para seguir con ojo alerta los suaves contoneos de doña Endrina, y confieso que me conturbaba imaginándome con qué ojos había seguido el Arcipreste ese "alto cuello de garza" y me regodeaba y relamía yo también con el bueno de Juan Ruiz celebrando !ay, Dios, que buena andanza! y fue así como a los dieciocho años descubrí la magia léxica y musical de la prosa de Valle Inclán en la memorable y templado voz de Amado Alonso, con quien tantas cosas hermosas aprendí a querer. Hasta ahí la lectura había estado reducido al libro que tuviera entre manos. Alonso nos enseñó a leer cada nuevo libro desde todos los leídos con anterioridad para aprender a enriquecernos con lo leído.

La vida universitaria me reveló dos nuevas vertientes de la lectura, y el tiempo me enseñó a valorarlas con rigor. Por entonces dos contrastantes sistemas expresivos solicitaron mi atención fervorosa: por un lado, seguí estudios de medicina, y por el otro, los de Filosofía y Letras. Si en las canteras de la filología aprendí el arte de penetrar en los textos y advertí la ventajosa necesidad de distinguir entre lo dicho y lo mentado, bajo la dirección de Amado Alonso y Raimundo Lida, en los cursos de Semiología Clínica del profesor Tiburcio Padilla descubrí, en las inmensas salas del Hospital de Clínicas, la inquietante dimensión de los signos y me fui interesando cautelosamente en el misterioso lenguaje del cuerpo humano, respecto de cuyas reales manifestaciones el enfermo se mostraba como un estricto analfabeto. Fue así reconociendo cómo los libros me brindaban una lectura franca y objetiva donde el hombre se manifestaba y se servía del lenguaje para enriquecer nuestro conocimiento y halagar nuestros sentidos, frente a una callada lectura del hombre mismo (el homo humanus), de sus interioridades y sus penas, disimuladas a veces tras los vestigios de una piel cansada, y que se asomaban frescas en la reluciente piel juvenil, ajenas a veces de un asegurado contexto verbal que pudiera expresarlas. !Ah, ese sutil libro, pleno de enseñanzas, que resultaba ser el hombre abandonado a su dolor en una sala de hospital, tan distante (y tan cercano) de aquel otro tendido en las frías mesas del anfiteatro con el que habíamos inaugurado nuestro periplo universitario! El mundo se me hizo entonces misterioso y grande y tomé plena conciencia de la verdadera dimensión de nuestra condición humana. Descubrí cuán poco valía mi torpe vanidad y mi tonta autosuficiencia. Aprendí que el cuerpo humano ofrecía lecturas profundas que exigían demorado ejercicio en quienes se aventurasen a su descodificación y comprobé que aquí el signo era, contra lo que afirmaban los lingüistas de Ginebra, arbitrariamente motivado. Estas dos aparentemente distintas formas de lectura no eran ni son (y ahora lo sé bien), sino una sola forma. Y que eran una sola forma lo pude comprobar cuando tropecé con las páginas, para mí inolvidables, de Marcel Proust. En nuestra juventud, Proust fue la revelación exultante de los sentidos. Y en esta hora crepuscular sigue siendo la presencia latente de aquella juventud, el regocijado esplendor de la lengua francesa, la esmerada presencia de la vida interior y de las luchas todas del alma, la vitalidad (a veces contenida, briosa por momentos). Proust es, en cualquier momento de la vida, una espléndida tentación para el lector.

La vida nos ha venido dando testimonios triunfantes de la tecnología. Valientes testimonios de la técnica han asegurado grandes avances en el campo científico. Los estudios de Heisenberg en el campo de la Física, las audacias quirúrgicas de Bernard, todo lo que ahora debemos al cromosoma X y al ácido desoxirribonucleico, y lo que hemos logrado saber sobre el genoma, son ciertamente logros eminentes de la civilización. En esos logros también hemos aprendido a leer. Porque leer no tiene por qué ser una operación que se reclama de la tipografía y de los libros. Hay que aprender a leer en la naturaleza que nos rodea, en los hombres con quienes compartimos la vida, las penas y las glorias. ¿Por qué? Porque estamos hechos para el diálogo y éste nos convoca a preguntarnos ---ahí, en lo más recóndito de nosotros mismos-por el meollo de nuestras creencias, de nuestras ilusiones, de nuestros actos. Leer en las gentes y leer en los textos, y sobre todo leer en alta voz, fueron modos que contribuyeron a despertar en mí la conciencia de que realmente somos humanos. Leer libros es compartir vida con quienes los escribieron y es regalar vida compartida a quienes nos oyen leer o a quienes se sienten convocados a ser lectores.

En uno de los textos ejemplares el jesuita Gracián destacaba cuatro modos que aseguraban al hombre la sabiduría:

"o por aver vivido muchos años, o por aver caminado muchas tierras,
o por aver leído muchos y buenos libros, que es más fácil, o por
aver conversado con amigos sabios y discretos, que es más gustoso"
(Criticón, III, crisis vii)

Las cuatro maneras aprovechan: o contacto con las ideas, o contacto con los hombres.
Si leo, el libro enriquece. Si viajo, los hombres con que tropiezo me enriquecen. Si converso, el intercambio con el otro me enriquece: el hablar es efecto de la racionalidad, y por eso los que no discuren no conversan. Loquere -dijo filósofo- ut te cognoscam. Por eso, en el pasaje que acabo de citar agregaba Gracián:

"De suerte que es la noble conversación hija del discurso, madre
del saber, desahogo del alma, comercio de los corazones, vínculo
de la amistad, pasto del contento y ocupación de personas" (loc. cit)

Pero no es acaso cierto, apurando las cosas, que en la lectura misma estamos ejercitándonos en la conversación inteligente. Ocupación de personas leer y ocupación de personas conversar. Lo digo y lo repito porque todos sabemos que así como se está perdiendo la aptitud para conversar de un tiempo a esta parte, tropezamos con mucha gente joven que está perdiendo la vocación por la lectura. Se puede advertir como el avance progresivo de una obnubilación de la facultad crítica, que puede resultar anticipo de un menguado sentimiento de la verdad. En un día como hoy en que celebramos la tarea hermosa de los bibliotecarios (que cuidan nuestros ojos y nuestra vocación de lector, que la alimentan y orientan por el sendero exacto evitándonos Circes y laberintos sorpresivos), en un día como éste de celebración tenemos que decir nuestra pena, nuestra extrañeza, pero también nuestra firme decisión de dar la batalla. Un tosco desmantelamiento de la conciencia intelectual amenaza con invadirnos de manera más funesta que el smog; a nadie parece interesar lo relacionado con las funciones lógicas, estéticas, afectivas y la vida nacional ostenta satisfecha su absoluto desdén por todo entendimiento crítico. La necedad ha ampliado su horizonte y hasta aplaude todo anhelo de repetir cualquier experiencia exitosa, sin recordar que todo artista que se precie no concede repetición. Es hora de que todos nos convirtamos en difusores de la lectura, en animadores del hombre, está acercándose; en esta hora finisecular debemos sentirnos convocados. "Un libro, un libro para saber que vivo", clamaba Milton en su lecho de muerte. La tarea que nos toca es, por eso, vitalizadora. En diez años la celebración debe convocarnos para alertar -en esta hora de grandes ilusiones electrónicas- que el conocimiento madurado en los libros es el que perfecciona nuestra condición humana. No debemos alentar a quienes se preocupan por saber cuánto deben leer. No debemos consentir que los jóvenes se sientan atraídos por el fetichismo de la cantidad, que es engañosa serpiente. Lo que debemos salvar es la calidad de la lectura, la intensidad del ejercicio lector, realmente enriquecedor. Leggere era una vieja palabra latina del léxico rural. Leer era para los latinos sinónimo de cosechar. Cosechar era una operación que se reclamaba de un discernimiento como hilo conductor; había que saber elegir el grano apto para la alimentación, el grano nutricio, para rechazar el engañoso grano inválido de todo poder nutritivo. En esa inteligencia actuante radicaba la buena cosecha; sin ella no había realmente grano aprovechable ni provechoso. Hoy debemos sentirnos convocados a una tarea semejante a la de nuestros padres latinos. En un país donde todavía ser analfabeto es una posibilidad no descartable, debemos ayudar a que los profesionales y los estudiantes de Bibliotecología se arriesguen a garantizar la buena cosecha.

Al ingresar en una biblioteca, la gente no suele reparar en que atraviesa el umbral de un mundo de fábula. El bibliotecario tiene el vívido secreto de esa magia, conoce el sitio execto y privilegiado de las biografías, el lugar auspicioso de los manuscritos, el espacio vitando de las lecturas ayer prohibidas y hoy solamente censuradas al elemental rubor adolescente. El bibliotecario, envuelto en su magia, nos puede negar, así, el goce de un Rabelais y puede, tal vez, en meditada venganza, entregarnos con equívoco recelo las Memorias del Ministerio de Agricultura, en lugar de las solicitadas Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Es que en la memoria de cada responsable de la biblioteca se congregan la minuciosa historia del porvenir con los detalles más oscuros del pasado; pero el bibliotecario ha aprendido a ser discreto y sabe que no debe divulgarlos. Lo más que hace, solícito y puntual, es ponernos a nosotros en condiciones, si estamos aptos, de leer una página de Quevedo; y si nos hallamos necesitados de preguntar adónde vamos, una oportuna página de San Pablo. Es verdad -y Borges lo recuerda- que "los primeros bibliotecarios usaban un lenguaje asaz diferentes del que hablamos ahora". Así como también (aquí en la Universidad Católica, donde aprendemos aquello de discronía y sincronía)" es verdad que una millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible".

Pero arriesguemos una afirmación insólita. No es verdad (y ahora podemos enfatizar la afirmación) que hace diez años que Bibliotecología existe. Hace muchísimos siglos, en Alejandría alguien creyó que se había incendiado el mundo. Ahora sabemos -frente a otros milagrosos incendios- que cuantas más bibliotecas desaparezcan, otras tantas veces renacerá el hombre, como un ave Fénix, para reconstruirlas, porque solamente así podrá garantizar a la posteridad la vida del espíritu y recobrar su belleza la justicia.


Pando, 21 de noviembre 1996

* Discurso en la ceremonia de homenaje a las bibliotecólogas Nilda Cáceres y Beatriz Chiriboga, en la Pontificia Universidad Católica del Perú

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